Son muchos los trastornos susceptibles de tratamiento desde la fisioterapia, entre ellos el proceso quirúrgico de una rinoplastia, ya sea por estética o por funcionalidad.
El edema nasal es una secuela posquirúrgica y postraumática muy frecuente. Con la técnica quirúrgica se alteran los vasos sanguíneos y los ganglios, produciendo una deficiencia en el drenaje linfático. Como consecuencia se produce un edema mecánico por obstrucción, haciéndose insuficientes las cadenas ganglionares restantes.
En los últimos 30 años la cirugía plástica y reconstructiva se ha desarrollado rápidamente, pero las intervenciones quirúrgicas sobre la nariz siguen presentando una alta incidencia y prevalencia de edemas postraumáticos, favoreciendo así la aparición de complicaciones. La duración de aparición de las modificaciones morfológicas de la nariz después de la rinoplastia refleja la lentitud del proceso de cicatrización y de remodelación; a veces los cambios siguen apareciendo durante 2 o 3 años.
Las
rinoplastias ya sean, estéticas o funcionales, están destinadas a
cambiar la forma de la nariz, gracias a una nueva disposición de las
estructuras de soporte de las mismas (hueso y cartílago) en ocasiones
pueden asociarse a resecciones cutáneas.
Deben realizar un
desbridamiento perfecto y realizar una buena disposición de las
cicatrices siguiendo las líneas de tensión (Langer). Existen dos vías de
acceso una endonasal y otra abierta por una pequeña incisión. En todos
los casos hay edema, en ocasiones interno, y siempre oculto por los
medios de contención (férulas o yesos). Se busca combatir el fenómeno,
mucho más marcado en la punta de la nariz en caso de una rinoplastia
abierta.
Muchas son las acciones terapéuticas empleadas para prevenir o disminuir el edema, tanto en su fase inicial como para combatir los factores que lo perpetúan. Entre ellas encontramos la crioterapia , la compresión, los geles de silicona, ultrasonidos (que nos retrasa el proceso de cicatrización, pero abre posibles cortocircuitos del sistema linfático), láser de color pulsado, radiaciones ionizantes y el drenaje linfático manual. Se vienen demostrando efectivas, para la obtención de un resultado terapéutico óptimo y para su mantenimiento, las técnicas físicas de drenaje para tratamientos varios.
El drenaje ha ido evolucionando desde que en 1932 el matrimonio Vodder estableciera unas técnicas. Fueron retomadas por Stillwell en la clínica Mayo y después por Leduc y Földi en la década de los setenta.
El DLM es un masaje a baja presión, de manera que no se provoque un colapso de los vasos linfáticos. Actúa sobre los tejidos más superficiales a través de dos mecanismos esenciales:
-favorecer la reabsorción del exceso de líquido y de macromoléculas estimulando el linfangión (unidad linfática contráctil) en una zona afectada por el linfedema y favorecer la circulación de la linfa de un territorio dañado hacia otro sano, sirviéndose de las vías de derivación.
mejorar la motricidad de los colectores aún activos, permitiendo establecer suplencias, aumentar la velocidad linfática
De
forma general la técnica se resume en dos maniobras básicas y cinco
manipulaciones.
Maniobras:
Maniobra de captación o
reabsorción: aumenta la presión tisular y por su orientación induce a la
evacuación fisiológica.
Maniobra de evacuación o de llamada:
realiza una aspiración y una compresión de la linfa en los colectores.
Manipulaciones
(con sus variantes y combinaciones. Su finalidad es adaptarse a la
superficie cutánea y drenar las distintas partes del cuerpo) son:
Círculos
fijos.
Manipulación de bombeo.
Manipulación combinada.
Movimiento
dador.
Manipulación giratoria.
Para que la acción del DLM
sea lo más óptima posible es preciso dominar la técnica y saber
adaptarse a las necesidades de cada caso, teniendo en cuenta que:
1.
No debe producir dolor.
2. La presión de las manipulaciones depende
del estado de los tejidos.
3. El DLM jamás debe producir
enrojecimiento de la piel.
( después del tratamiento)
Equipo de CETECMA

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